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Si usted cree en Dios debe...

Si usted cree en Dios debe de investigar si lo que le han enseñado es la Verdad. Hoy nosotros debemos de ser como los Bereanos que investigaron las Sagradas Escrituras para ver si lo que Pablo les enseñaba era la verdad y lograron comprobar que asi era y entonces creyeron. Hechos 17:10-12. Recordemos el mandato de Cristo en Juan 5:39. Cuando investigamos la verdad siempre sale a relucir y la verdad NUNCA teme a la investigación, pero, el error si, por que no quiere ser descubierto ni expuesto.

27.4.08

Las Tres Gallinas


Extraído de El Narrador - Editorial Kehot Lubavitch Sudamericana
El célebre rey Shlomó era todavía un niño. Habia hecho su bar mitzvá cuando se convirtió en el rey de los judíos.
Como era tan joven, tenía miedo de no poder gobernar una nación tan grande. Le preocupaba que tal vez no tomara la decisión correcta; que quizás no pudiera resolver los problemas que surgieran entre gente más vieja y sabia que él.
Shlomó decidió rezar a Di-s y pedirle que le ayudara a ser un buen rey.
Cierta noche, tuvo un sueño. En este, Di-s le preguntaba qué era lo que más deseaba en la vida.
"Si pido riquezas", pensó el joven rey, "no tengo ninguna duda de que Di-s me las concederá. Si solicito que proteja a mi reino de sus enemigos, seguro que también lo hará. Pero, ¿no he aprendido yo que a la persona sabia nunca le faltará nada?"
"¡Señor del Universo!", dijo Shlomó en su sueño. "No deseo riquezas. Lo único que quiero es que me ayudes a ser un hombre sabio y compasivo. Un hombre que sepa juzgar correctamente todas las situaciones que se le presenten. De esa manera seré un buen ejemplo para mi gente y los judíos imitarán mi conducta".
Di-s reconoció en las palabras de Shlomó su fervoroso deseo de ser un buen rey, y le concedió su deseo. Lo convirtió en el hombre más sabio del mundo.
Shlomó estudiaba Torá día y noche. Examinaba las razones en virtud de las cuales era bueno cumplir las Mitzvot, y explicaba a su pueblo todo lo que aprendía. Así, el pueblo compartía con su joven monarca todos sus conocimientos.
Cuenta la historia que cierto día Shlomó salió a pasear con tres hombres sabios. Ya casi habia comenzado el invierno, y hacia mucho frío. Mientras andaban, se encontraron junto al camino con un hombre que, metido en el río, lavaba unas pieles.
"Perdóname si interrumpo tu trabajo", dijo el rey Shlomó al hombre, "pero... ¿no es siete más que cinco?"
El hombre inclinó la cabeza respetuosamente y respondió:
"Sí, Alteza. Pero treinta y dos son más que doce".
Shlomó se mostró complacido por la respuesta, en tanto que los hombres sabios que lo acompañaban se miraron extrañados, sin comprender. ¡Qué significaban estas adivinanzas?
"Dime", prosiguió Shlomó, "¿cuantas veces se quemó tu casa?"
"Tres veces", contestó el buen hombre. "Faltan dos, si Di-s quiere".
El Rey se mostró nuevamente satisfecho por la respuesta.
"¿De qué estarán hablando?", se preguntaron los hombres sabios.
"¿Si te envío tres gallinas, sabrás como desplumarlas?", volvió a preguntar el rey.
"Envíamelas, que yo me encargare del resto".
El rey y sus acompañantes emprendieron el regreso. Mientras caminaban de vuelta al palacio, el Rey preguntó a los tres sabios si habían comprendido la conversación mantenida con el hombre pobre.
"A decir verdad, Alteza, no hemos entendido nada".
"¿Y ustedes dicen ser sabios?", exclamó el Rey. "Cualquier persona común hubiera entendido nuestra conversación. ¡Les doy tres días para que me digan de qué se trataba! Si no aciertan, pueden ir buscándose otro empleo".
Los tres sabios pensaron y pensaron, pero por más que se esforzaban no daban con ninguna respuesta satisfactoria. Finalmente y sin otro remedio, volvieron hasta al río para ver si encontraban al hombre que había estado allí lavando las pieles.
"Por favor, buen hombre", le imploraron apenas se encontraron con el, "explícanos la conversación que mantuviste con el rey. No entendimos nada, y nos gustaría saber de que han hablado".
"Lo siento mucho", respondió el hombre, "pero nada les puedo decir. Es una cuestión privada".
Los tres sabios estaban desesperados. Tenían que saber cual habia sido el tema de la conversación. Finalmente, y como último recurso, le ofrecieron al pobre hombre todo el dinero que tenían si les explicaba que era lo que habia hablado con el rey.
"Si es así, acepto", respondió el hombre de buena gana.
Los hombres corrieron a sus casas y trajeron toda su fortuna. Entonces el buen hombre les dijo:
"El problema de ustedes es que son egoístas; si les hubiera interesado ayudar a la gente pobre como yo tanto como le importa al rey, lo hubieran entendido todo.
"Cuando el rey me vio parado en medio del agua fría", prosiguió, "sintió lastima por mí. '¿No son siete más que cinco?', me preguntó. Es decir: '¿No puedes ganar suficiente dinero para mantenerte trabajando solo durante los siete meses cálidos del año? ¿Tienes que trabajar también durante los meses de helada?'"
"Está bien", aceptaron los sabios la explicación. "Pero, ¿qué significa la respuesta que tu diste al rey, que 'treinta y dos es más que doce'?"
"Le dije al rey que tengo treinta y dos dientes", contestó el hombre, "y para conseguir suficiente comida como para que todos ellos coman, me veo obligado a trabajar durante todo el año, doce meses y no solo siete, y tampoco eso me resulta suficiente".
Los sabios acariciaron sus barbas en señal de aprobación, y volvieron a preguntar:
"Y qué puedes decirnos respecto de la segunda pregunta que te hiciera el rey, aquello de '¿cuántas veces se quemó tu casa?' ¿Qué quiere decir eso?"
"Señores, ¿es que todavía no entienden?", exclamó el hombre. "Cuando un hombre pobre casa una hija, es como si quemara toda la casa. Todo lo que tiene se va en ayudar a la joven pareja a instalarse. Después, no le queda nada. Nuestro sabio rey lo entendió; yo le dije que tenia cinco hijas, de las que hasta ahora he casado tres, y que, con la ayuda de Di-s, también casaré a las otras dos. Y como el rey estaba deseoso de ayudarme, me hizo la tercera pregunta".
Dicho esto, el hombre dio media vuelta y continuó con su trabajo.
"¡Oye! ¡Espera!", gritaron los tres sabios. "¡Aún no nos explicaste lo de 'desplumar a las tres gallinas'!"
"Mis queridos amigos. Ustedes son las gallinas que el rey me enviará. ¿No los desplumé lo suficiente?", respondió el hombre en medio de una sonora carcajada, al tiempo que levantaba las pesadas bolsas con el dinero recibido.
Los tres sabios se miraron entre sí, y se dieron cuenta de que el rey les había jugado una broma.
Al principio se enojaron un poco, pero luego reconocieron que debían considerarse afortunados por haber sido elegidos para ayudar al pobre hombre.
Y al mismo tiempo aprendieron otra lección del rey, que dice:
"Para tener un corazón que entiende, primero debes tener corazón".

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